lunes, 27 de julio de 2009

Odisea 3.0


Son las 21.00 y estoy ahora mismo sentado en medio de la calle 10 con la H en el barrio de Chinatown de la capital de USA, Washington D.C. Y diréis: “Que plan más apetecible”.
Os cuento porqué. Esta mañana a las 6.45 sonó mi despertador, por lo que aún sin haber descansado lo suficiente, me tocó levantarme. Ducha rapidita y a coger el subway hasta Pennsylvania Station, donde se suponía que debía coger el autobús que me llevaría a Washington. Menos mal que fui con tiempo, porque la compañía con la que viajaba, al ser la más económica (y china) tenía que tener alguna desventaja. Y es que el bus no estaba en la estación sino en una calle próxima, por lo que tuve que preguntar a los pocos transeúntes que se encontraban a esas horas por los aledaños de la estación. Ese paseo matutino la verdad es que no fue muy agradable, porque a las prisas y los nervios, se le sumaron además unos cuantos (muchos) homeless, propios de esas zonas en las grandes ciudades.
Ya subido en el autobús los contratiempos no cesaron y nuestra salida se dilató unos 30 minutos por culpa de un pequeño choque con un taxi que se encontraba estacionado justo delante.
Con el motor arrancado e inmerso en la High Way tocó relajarse, además las vistas de la bahía de Manhattan ayudaron. Fue un viaje muy tranquilo, de unas cuatro horas en las que me deleité observando el verde paisaje. Llegué a Washington con el cielo encapotado, un calor agobiante y a mí alrededor un montón de edificios de piedra blanca, todos ellos oficiales y acosados por la gran cantidad de turistas que allí nos encontrábamos; estaba en Washington. Tocó pasar por la oficina de turismo para saber que podía ver en el poco tiempo del que disponía:
- Hola ¿me puede decir qué he de visitar?
- Claro, ¿Cuánto tiempo tienes?
- Siete horas
- Ufff. Esto esto y esto.
- Gracias
¿Tres cosas en siete horas? ¡Gañana! Cogí el mapa que me dio y a patear. Empecé por los edificios emblemáticos más cercanos: el Museo de Historia Natural de América, Correos, etc. Hasta que llegué a los alrededores de la choza del moreno. Una valla impedía hacer una buena foto, a los periodistas les deben de poner un alto o algo, porque se les ve mucho más guapos allí, pero la verdad que me gustó. Se podían ver los GEO apostados en el tejado y un helicóptero sobrevolando la zona constantemente. Con la foto de rigor hecha, me di un paseo por los jardines de los alrededores, deteniéndome en todas y cada una de las casas, todas ellas edificios oficiales.
Al terminar subí al obelisco, monumento en honor a George Washington, desde el cual había unas vistas preciosas en todas las direcciones. Al frente la casa Blanca, a la derecha el capitolio y a la izquierda el parque en honor a los que defendieron la nación en la Gran Guerra. Me acerqué hasta este patriótico parque que es surcado por un enorme estanque y justo a la otra orilla emerge un edificio repleto de columnas, una por cada estado, que alberga un monumento enorme de piedra del presidente Lincoln y una placa que reza “I have a dream”, pues en ese bonito paraje tuvo lugar el discruso pronunciado por Martin Luther King ante las más de 250.000 personas que allí se congregaron.

Bajando la escalinata y con el estómago vació, encontré a dos chicas que hablaban español así que les pregunté por el McDonalds más cercano y al final acabamos haciéndonos amigos y todo. Pasé el resto del día con ellas, Cecilia de México y Alejandra de Colombia. Las dos trabajaban como au pair en EEUU y eran estudiantes de Fotografía en sus países. Mi plan de ir lo más rápido posible a por la ansiada hamburguesa se tuvo que posponer, pues primero querían conocer el Mall, lugar donde he visto la mayor cantidad de museos juntos: Historia Natural, Historia de América, Guerra de Vietnam, Guerra Mundial, etc.

Llegamos al final del Mall, donde nos esperaba el enorme Capitolio, precioso. Estuvimos tumbados un tiempo en los jardines y luego ya pude ir a tomar mi esperada hamburguesa. Un breve parón para descansar un poco las piernas y corriendo fui hasta el Museo de los Archivos históricos de EEUU, donde se encontraban la carta de independencia del Reino Unido y la Constitución norte americana.
El tiempo se me iba echando encima así que me acerqué hasta la parada del autobús y los problemas volvieron a surgir. Se suponía que nuestro bus salía a las 19.00 y como ya se había retrasado más de media hora fui con Claudio y Lylian, una pareja brasileña muy simpática de la que me hice amigo rápidamente, a preguntar por qué no venía nuestro citado autobús. El encargado nos dijo que el autobús sí que había estado pero que no lo habríamos visto (cosa que no era cierto) pero que nos cambiaba los billetes para las 21.30, así que un poco mosqueados fuimos a cenar a un mexicano.
A las 21.00 por si las moscas nos personamos en la parada del autobús, finalmente montamos pero aún así unos cuantos se quedaron fuera del autobús. Muy mal trabaja esa empresa. El viaje de vuelta fue un poco lata, se me agarrotaban las piernas del cansancio y una chica colombiana que iba a mi lado se dormía apoyando su cabeza sobre mi hombro, lo cual no fue muy comodo la verdad.

Al llegar a NY a las 2 de la mañana (con mucho retraso), cogimos el metro y nos despedimos en un vagón, nos dimos las direcciones y hasta otra. A las 4 llegaba a la residencia después de tener que hacer varios transbordos al estar varias líneas cortadas. La verdad que fue una aventura interesante aunque algo inquietante, pues el ambiente que se respiraba en los vagones a esas horas no era muy recomendable.
A la cama que no es gerundio, pero como si lo fuera.

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